José Luis Jiménez Alonso

El niño que dibujaba caballos salvajes

Aún recuerdo la sensación de coger un lápiz y una goma y dibujar caballos e ideas. Desde la ventana de mi casa, en un pueblo de Salamanca, veía el prado cambiar con las estaciones: el verde vivo de la primavera, los ocres del otoño, las sombras del huerto y, al atardecer, los rojos intensos del sol sobre la tierra. Aquellos colores se me quedaron dentro. Hoy, desde Madrid, sigo volviendo a ellos para entender por qué pinto. Creo que todos llevamos una llama antigua, a veces vacilante, pero nunca vencida. Mis cuadros nacen de ahí: de la necesidad de avivar ese fuego y recordarnos que, incluso en los días más fríos, siempre queda fuerza para seguir adelante.

El rechazo de la llamada

Me recuerdo con un lápiz mordisqueado entre los dedos y los cartones de tabaco Ducados que fumaba mi padre como primer lienzo. Desde pequeño destacaba en las asignaturas plásticas y gané varios concursos de dibujo; la gente decía que pintar se me daba bien. Empecé pronto a ir a clases, aunque al cambiar de colegio lo dejé. En la adolescencia descubrí que pintar era mi manera de dar forma a ese vendaval de emociones que nadie te enseña a nombrar. Pero cuando llegó el momento de elegir futuro, se impuso la voz de lo sensato: estudiar algo con salida, buscar un trabajo seguro. Nadie me obligó. Nadie me cerró la puerta. Aun así, fue el miedo el que acabó decidiendo, y los prejuicios sobre “el arte” resonaron en mi cabeza con fuerza de dogma. Cedí. Guardé pinceles y bocetos en una caja de zapatos y entré en la gran máquina de la rutina (esa carrera de la rata que tantos conocen) convencido de que madurar era renunciar a aquel niño que todavía soñaba con crear.

Pasaron los años como pasan las cosas que no tienen mucho sentido que decía el cantautor, estudios, madrugones, bla, bla, bla hasta llegar a las facturas, cuatro hijos que son alegría y responsabilidad a partes iguales. Pintar se volvió una sombra tenue que me rondaba al caer la noche, no una forma de viva, sino una nostalgia persistente, una semilla dormida a la espera de suelo fértil. En las madrugadas de insomnio, con la casa en silencio, mil ideas y una frase de Marco Aurelio todo obstáculo es materia prima para la virtud: Entendí entonces que el lienzo podía ser lugar de pensamiento y espacio de transformación. Aquel camino previo de años y años, hecho de pruebas, dolor y búsqueda no había sido un desvío, sino parte necesaria del trayecto: sin él no habría encontrado la voz ni la fuerza que hoy tiene cada trazo.

Cruzar el umbral

Una invitación

Acepté la aventura, como Ulises al izar velas hacia lo desconocido, y convertí el despacho en estudio: donde solo había papeles y rutinas ahora también había manchas, salpicaduras y olores familiares a pintura y aguarras. Volví a clases de técnica, pero sobre todo me reconcilié conmigo mismo; la mano recordaba el gesto y la mente encuentraba el cauce, como una inteligencia natural que te impulsa, no exenta de dudas y de retos. Cada mancha sobre la tela hacía visible mi fragilidad y, a la vez, la desarmaba.

Durante meses pintaba cuando la casa dormía, de madrugada o bien entrada la noche, porque la soledad hace de espejo y convierte cada trazo en confidencia. De día seguía ejerciendo mi profesión, la que paga el pan y los cuadernos de los niños; de noche me quitaba el traje del deber para vestir el de la vocación. El miedo al fracaso llamaba puntual a la puerta cada tarde, y la impaciencia adelantaba la madrugada más de lo previsto. Aun así, seguí mezclando colores: descubrí que la disciplina puede convivir con la duda y que, si el pulso tiembla, el pigmento también aprende a asentarse.

De esa lucha nació la primera obra de esta etapa Dos Corazones y, poco después, mi primer gran formato, Retales de tu alma en la mía. Como un ave fénix hallé la alegría de quien se reencuentra con su don y le da un propósito claro: pintar para encender en otros la fuerza que yo mismo creí perder, para recordar que toda vida —cuando se tiñe de color y coraje— puede convertirse en su propia odisea victoriosa.

Así surgió Espíritu Guerrero, una serie de obras apenas insinuados, como si la valentía residiera más en la ausencia que en la apariencia. Comprendí, al fin, que cada cuadro era una conversación con el niño que quería ser héroe y con el adulto que había aprendido que la heroicidad rara vez lleva capa; suele llevar responsabilidad, silencios y cicatrices.

Hoy pienso mis obras como talismanes de fuerza, resistencia y fe. No prometen inmunidad al dolor, sino compañía: un recordatorio físico de que las tormentas regresan, sí, pero también de que nosotros regresamos con ellas, y que el mero acto de presentarnos a la batalla ya es una forma de victoria.

Si al mirar mis cuadros sientes un pulso familiar—ese latido que dice todavía puedo—entonces ya somos cómplices. Llevar una de estas piezas a tu espacio no es decorar una pared; es colgar un espejo que te recuerde que, debajo de la contundencia del día a día, arde tu propia llama. Explora la colección, susúrrale a tu héroe interior y sigue andando; juntos encontraremos nuevos horizontes que den sentido al viaje.